El Molino de Gofio

En las entrañas de una pequeña aldea canaria, abrazada por el océano Atlántico y acunada por los vientos alisios, se erguía majestuoso el Molino de Gofio, una construcción de piedra que había sido testigo del devenir de generaciones enteras. Desde tiempos inmemoriales, aquel molino había sido el corazón de la comunidad, el lugar donde el grano se transformaba en gofio, el alimento ancestral que nutría el cuerpo y el espíritu de los isleños.

La historia de este molino se tejía con hilos de tradición y leyenda. Se contaba que había sido erigido por los antepasados más remotos, quienes, guiados por la necesidad de sobrevivir en una tierra escarpada y volcánica, habían descubierto el arte de moler el grano de cereales como el trigo o el maíz para convertirlo en harina. Con el tiempo, este proceso evolucionó, y el gofio se convirtió en el alimento básico de los canarios, una especie de harina tostada que se consumía de mil formas diferentes: en gachas, en escaldón, en postres e incluso en bebidas.

Cada mañana, cuando el sol despuntaba en el horizonte y las sombras de las montañas se disipaban, los lugareños se congregaban en torno al Molino de Gofio. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, todos se reunían con un propósito común: moler el grano y preparar el gofio que alimentaría a sus familias. La tarea era ardua, pero también era una ceremonia sagrada, una conexión con las raíces más profundas de su cultura.

El molino era una estructura imponente, con sus grandes aspas de madera que se mecían al ritmo del viento. El sonido del crujir de la piedra al moler el grano resonaba en el aire, como una melodía ancestral que recordaba a todos su lugar en el universo. Los niños correteaban entre las piernas de los adultos, fascinados por el proceso de transformación que ocurría ante sus ojos. Aprendían desde temprana edad que el gofio no solo era alimento, sino también historia, identidad y orgullo canario.

Pero el Molino de Gofio no solo era un lugar de trabajo; también era un espacio de encuentro y convivencia. Mientras las mujeres amasaban la masa y los hombres supervisaban el proceso de molienda, las conversaciones fluían como el agua de un arroyo. Se hablaba de las cosechas del año, de los avatares del clima y de los rumores que llegaban del pueblo vecino. Se contaban chistes, se compartían consejos y, de vez en cuando, se entonaba alguna canción tradicional que elevaba el espíritu de todos los presentes.

Con el paso de los años, el Molino de Gofio se convirtió en mucho más que una simple construcción de piedra. Era el alma de la aldea, el símbolo de la resistencia y la perseverancia de un pueblo que había sabido enfrentar los desafíos de la naturaleza con coraje y determinación. Generación tras generación, los conocimientos sobre el arte de moler el grano se transmitían de padres a hijos, asegurando que la tradición perdurara en el tiempo.

Sin embargo, el avance del progreso y la modernidad comenzaron a hacer mella en la vida de la aldea. Los molinos industriales y las fábricas de alimentos amenazaban con relegar al Molino de Gofio al olvido, como un vestigio de un tiempo pasado. Muchos jóvenes abandonaron la aldea en busca de nuevas oportunidades en las ciudades, dejando atrás las enseñanzas de sus ancestros.

Pero aquellos que aún creían en el poder del gofio y en la importancia del Molino de Gofio se negaron a rendirse. Organizaron ferias y festivales para promover el consumo de este alimento tradicional, reivindicando su valor cultural y nutricional. Restauraron el viejo molino y lo convirtieron en un museo viviente, donde los visitantes podían aprender sobre la historia y el proceso de elaboración del gofio.

Y así, contra viento y marea, el Molino de Gofio continuó en pie, desafiando al tiempo y al olvido. Porque mientras hubiera alguien dispuesto a recordar sus raíces y honrar sus tradiciones, aquel viejo molino seguiría girando, moldeando el destino de una comunidad y manteniendo viva la llama de la cultura canaria.

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